La primera vez que vi a Shiva fue inesperada, en medio del Savasana me cubrió un aura azul índigo, perceptible aun tras mis ojos cerrados. Sentí una paz que me envolvía, como si flotara en el agua. Ajena a todo mi exterior, en ese momento, solo existíamos esa  presencia y yo. Al salir de la clase no pude contener mi curiosidad e hice lo que cualquier otro millenial hubiera hecho: le pregunté a mi IA de confianza qué dioses se relacionaban al yoga, el color azul y esa sensación de paz. Me dio varias respuestas, a pesar de eso, un nombre resaltaba entre todos los demás: Shiva.

Cuando llegué a mi casa ahondé un poco más en mi investigación y busqué su nombre, los resultados me parecieron un tanto inquietantes: destrucción, muerte, caos, cambio, eran las palabras que más se repetían al describirlo. Tengo que admitir que desde mi humanidad rechacé su llamado, a pesar de que podía sentir su presencia en todo momento, lo veía por el rabillo de mi ojo izquierdo pretendiendo que él no estaba realmente ahí, pero lo estaba. Eventualmente, lo vi entrar al jardín de mi mente. Observé su figura sentarse junto al gran árbol, con sus pies de loto, a meditar, a esperar.

Pasaron meses y el invierno dio paso a la primavera. El calor abrasador de mi ciudad llegó y con ello mi feed de youtube se llenó de videos sobre Shiva y la mitología hindú. Los ignoré hasta que ya no pude evitarlo, la curiosidad me ganó y abrí el primer video con un gesto de rendición. El Dios del que hablaban en ese video no parecía tan aterrador como mi mente lo registraba, y un video se convirtió en dos, en diez, en cincuenta. Miré a mi lado izquierdo y observé la figura inamovible de Shiva. Con rendición caminé hacia él y me postré frente a su figura. Me disculpé por mi humanidad y por haber huido de él. Sentí su paz, y sin una palabra más me senté a meditar junto a él. 

Seguí aprendiendo de él, mi práctica de yoga tomó seriedad, y comencé a sentir su presencia aún más fuerte. Sueños de puertas abriéndose, elevadores subiendo, y un latido tan fuerte en mi corazón cuando me despertaba súbitamente. Esas palpitaciones comenzaron a aturdirme, llenaban mis oídos y hacían temblar mi ser, siendo sincera me llenaban de terror. 

Por muchos años había pedido un solo deseo a los dioses, aprendiendo sobre diversas mitologías para encontrar a quien pudiera concederme mi capricho, la respuesta hasta el momento había sido un “no” rotundo. Desde mis nueve años solo había tenido un anhelo real, que me dejaran morir, que me permitieran volver a casa. Hoy, a mis treinta años, me queda claro porque ninguno de los dioses previos me lo había permitido. No estaba en su poder decidirlo.

Miré a Shiva, como mi Dios, mi guía, mi protector. Sonreí y le dije en tono burlón: -¡Que no se te ocurra cumplirme mi deseo ahora, eh! Sentí una risa dentro de mí a pesar de que su figura solo esbozó una de sus pequeñas sonrisas características, curvando solo un poco su boca del lado izquierdo. Al final del día entendí que no estaba en mi poder decidirlo.

De pronto, un martes cualquiera, vi la figura de Shiva moverse en mi rabillo del ojo izquierdo, mi corazón retumbó cual tambor, el miedo me invadió y un solo pensamiento llenó mi mente “¿aquí termina todo?”. Sentada en mi oficina, suspiré con resignación colocando la mano derecha en mi pecho, sobre el incesante latido de mi corazón. por primera vez en mi vida quería vivir. Saboreé la ironía un segundo. Entonces, observé la figura de Shiva comenzar su danza, y en mi mente se proyectaron imágenes de edificios antiguos cayendo. 

La danza de Shiva había iniciado.

Y yo quería vivir.

Om Namah Shivaya.


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