La conexión de ella con la naturaleza es algo especial, probablemente por la magia que aún reside en ella. Como cada noche, la escucho hablar con su árbol de toronja, sentada tranquilamente mientras el sonido del agua cayendo de la manguera a la tierra resuena casi ritual. Ella se sienta con calma y le pregunta en un susurro lleno de amor: “¿Tienes sed, cariño?”, antes de comenzar a contarle su día de manera detallada, en una voz baja pero cálida, como quien le habla a un niño pequeño.
Ese es su pequeño ritual diario. En las ocasiones cuando no ha podido llevarlo a cabo su alma se inunda de tristeza y ansiedad. Ella siente que su vida se sale de su eje y que todo puede colapsar en cualquier momento. Como si ese árbol la mantuviera anclada a este lugar. “Es mi amigo, y lo dejé solo”, me decía, con los ojos vidriosos en un día donde la siesta se convirtió en diez horas de sueño ininterrumpido. Al despertar, salió apurada en la madrugada a sentarse junto a él, antes de volver a la cama a descansar de nuevo, esperando el amanecer.
Su días favoritos son los de lluvia, cuando el árbol no tiene sed, pero es su acompañante para contemplar uno de los fenómenos mágicos que mas le fascinan. Se descalza, bailando sobre la tierra mojada mientras empiezan a formarse charcos en nuestro patio. La escucho reír. La veo dar vueltas como si fuera una niña. No puedo evitar sentir un pinchazo en el corazón, me gustaría ver la vida a través de sus ojos algún día.
El árbol de toronja se ve mucho mejor desde que ella está aquí. La manera en que el viento se cuela entre sus hojas es como si se riera con ella, como si le respondiera sus cuestionamientos existenciales. Tal vez haya un entendimiento mutuo de observadores de la vida, un conocimiento tácito del ser: una entidad mágica con las limitaciones de este entorno. Tal vez los árboles son seres pensantes, dispuestos a compartir su conocimiento a aquellos que deciden escucharlos.
En ocasiones hay silencios. Silencios muy largos, teñidos de melancolía y entendimiento mutuo. Silencios donde ella mira a la luna suspirando, como si fuera la primera vez que la observa en su vida. Ella, sentada al pié del árbol, siente cada ráfaga de aire como un suspiro de la naturaleza que la acompaña mientras tararea una melodía que parece existir solo en su mente.
No me queda más que observarla a la distancia, sin querer interrumpir ese momento tan íntimo. Día a día cumple su pequeño ritual antes de volver a la cotidianidad, sonríe ampliamente, totalmente recargada de energía mientras comienza a cocinar de nuevo.
Miro al árbol con recelo desde la ventana, ¿Sabrá algo que yo no?
Deja un comentario