Las pesadillas volvieron.

Susurraba con la voz teñida de miedo. Nunca ha querido detallar en qué consisten. Ella simplemente las borra de su mente mientras transforma el ceño en su cara en una sonrisa. Al menos eso quiero creer. Aunque ella siempre menciona que su mente es un lugar oscuro, su sonrisa siempre es tan amplia que me pregunto si piensa en ellas a menudo.

Se que cuando ella llegó aquí las pesadillas eran más vívidas y más recurrentes. Durante ese verano ella no durmió en las noches, recordando su cuerpo jadeando por aire después de correr por horas para que no pudieran alcanzarla, antes de despertar en su cama en medio de la oscuridad. Ella dice que es un alivio que aquí exista esa cosa llamada adolescencia y que todas estas rarezas de ella fueron atribuidas a eso. Su familia huésped hablaba mucho de lo que había cambiado, pero no lo suficiente como para deshacerse de ella.

Ella no mantiene vínculos cercanos con ellos, no se si hubo algún catalizador de su partida o simplemente no existía un vínculo real. Aún así, en ocasiones, mientras duerme, puedo ver las lágrimas derramarse silenciosamente. Me gustaría abrazarla y brindarle consuelo; sin embargo, estoy consciente que no hay nada que yo pueda hacer o decir que la haga sentir mejor. Así que simplemente me aparto y la dejo sentir, sin que exista algún motivo por el cual ella decida reprimirse.

Si tú pudieras conocerla, no verías nada de esto. Probablemente imaginarías que es una persona que no ha sufrido un segundo en toda su vida. Ella siempre muestra esa sonrisa radiante que parece gritar: “soy la persona más feliz de este universo”. Siendo sincera, probablemente no lo sea, pero nunca lo escucharás de ella.

Me ha comentado en múltiples ocasiones la idea de volver a casa. Tiene la teoría que su alma debe desprenderse de su cuerpo físico para poder hacerlo, es decir, en términos humanos, debe morir. El solo pensarlo me aprieta el corazón. Sin embargo, ella comenta entre risitas que no tiene prisa en dejar este lugar. Además, aunque lo hiciera no podría volver, no hasta que no cumpla con una tarea muy específica: entregar un mensaje. No puedo más que pensar en el silencio que reinará en mi hogar el día que ella ya no esté aquí.

Ella ha tenido que lidiar con la adaptación, la cual, siendo completamente sincera, no creo que algún día ocurra. Tiende a resaltar como lentejuelas sobre un traje sastre. Teóricamente no hay nada de raro, pero a las personas de este lugar les parece un tanto inusual. Su sonrisa no pertenece a alguien de su edad, o al menos eso le dicen. Del lugar donde ella viene, las personas no envejecen, así que la idea de “comportarse de acuerdo a su edad” le sigue pareciendo extraña. Y las arrugas en su rostro, derivadas de sonreír, le parecen hermosas, como un mapa de recuerdos bellos y atesorables. La hacía cuestionarse cómo luciría su rostro si ella hubiera permanecido en su hogar. No tendría ninguna, una lástima en verdad.

La primera vez que ella vió que las personas las quitaban de su rostro supo que había algo antinatural en este lugar, supo que había algo en los humanos que estaba fuera de sitio. ¿Por qué querrían eliminar los rastros de alegría de su rostro? Se preguntaba constantemente. En su mente no cabía el concepto de belleza que se utilizaba en este lugar. Si bien, la belleza es un constructo social que es debatible en este mundo. Siendo totalmente sinceros, ella no es la persona más canónicamente atractiva (sus palabras, no mías); sin embargo, ella siempre le sonríe a su reflejo, de su rostro no cambiaría nada, dice, guiñando un ojo al espejo.

Del lugar de donde ella viene, hasta donde he logrado comprender, no existen características físicas tan diversas entre los seres de su especie. Las mayores diferencias se concentran en la vestimenta y accesorios que denotan el estatus de tu rol en la sociedad. Ella me cuenta de sus ropas, el resplandor que emanaba, cómo cambiaban con la luz, de cómo fluían en el aire, de cómo reflejaban el fuego. Sus ojos siempre se ponen vidriosos al recordar, y sé que hay una parte de ella que lo extraña. He querido hacer bosquejos intentando imitar los atavíos que me comenta, pero ella me dice con una sonrisa amable que no es posible replicarlos aquí ya que no existen los materiales que puedan emular los de su hogar. Me pregunto si solo está siendo amable, si simplemente yo no alcanzo a entender a lo que ella se refiere.

En domingos como hoy, la observo fijamente mientras disfruta del calor, sentada en su silla favorita, con los pies sobre la mesa, mirando silenciosamente el atardecer, mientras mi mente divaga intentando descifrar en qué piensa. Tal vez, la forma en que los últimos rayos de sol se cuelan por la ventana, anunciando el fin de un día mas. O tal vez, se imagina su vida en aquel lugar, o recuerda a alguien de ahí que si puede comprender a lo que se refieren sus frases crípticas. No puedo más que observar cómo lleva a su boca otra uva congelada y como el aire del ventilador revuelve un poco más su cabello.

Espero que nos queden muchos veranos más.


Deja un comentario