Hoy, después de mucho tiempo, le sonreí a la luna.
Nació desde mi corazón al ver su sonrisa brillante. Su presencia suave y cálida iluminaba el cielo de mayo.
Tenía que sonreírle, ¿Quién más lo haría si no yo?
Miré a las nubes que la acompañaban, cubriendo parcialmente su resplandecer, ahí fue cuando lo entendí.
Nadie le sonríe a la luna, aún así, ella sale cada noche, con sus mejores galas a darnos su mejor cara, aún cuando mengua, siempre está ahí.
Le sonreí a la luna, esperando a que su manto de nubes retrocedieran, que esa bruma se alejara al ver que había una persona que admiraba su belleza.
Cayó en mi pecho un gran peso de realización. El llanto se contuvo en el nudo de mi garganta, mis ojos se nublaban con un picor muy familiar.
Estaba a punto de llorar.
Quizá, después de todo, no estaba hablando de la luna.
Seguí caminando, con una sonrisa aún más amplia, sabiendo, que de alguna manera, ella siempre sonreía para mi.
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